Vaivén (y viceversa) - Virginia Cortés


“No se puede llegar a ningún lado si uno no sabe a dónde va” me dijo este señor una tarde, “uno irá aquí y allá, pero todos los lugares parecerán un error.”
A los cuarenta y tantos él aún no sabía a dónde iba. No podía decidir qué vida deseaba vivir… si la de un bohemio sumergido en su arte, la de un padre de esos que son dos remos: compinche y ejemplo, la del marido estoico que se conforma con unas salpicaduras de placer y distensión entre oleada y oleada de frustración.
Todo lo tentaba por igual y lo aburría al tiempo. Cada meta que alcanzaba, cada proyecto que realizaba lo agobiaba luego y sentía unas irremediables ganas de huir.
Sólo una cosa se mantenía constante en su vida y en su deseo: la imponente gracia del mar.
Quizás porque jamás sería suyo. Acaso porque era cambiante, incesante, libre, ingobernable… Tal vez porque era eterno ante los ojos humanos… y al igual que él, nada se le resistía… y al igual que él, iba y venía sin rumbo…
De más joven le gustaba ponerse en manos del mar y que éste hiciera lo que quisiera con él. Se dejaba arrastrar mar adentro para ser devuelto luego en violentas roladas contra la playa. Flotaba, si no, calmo, mecido inquietamente, sin ritmo alguno. En sus treintas se pasaba largas horas hipnotizado por los cambios de la marea, por la espuma deshaciéndose en girones, volando por el aire, impulsada por el viento, por la música de las olas estrellándose incansablemente y levantándose de nuevo… ese mantra ensordecedor que lo empujaba hacia sí mismo.
A veces sentía que así como un cura oye el llamado divino, él había sido convocado por el mar.
No hallaba mayor paz que la que le brindaba la pasiva contemplación, la respiración salina y el aliento feroz de ese coloso, que estaba vivo y a la vez no lo estaba. Aquello que era inalcanzable aun cuando se lo podía palpar, respirar, tragar, hundirse íntegramente en él.
Todo cuanto deseaba, dentro del borde del mundo (fuera del domino del mar) le era concedido sin mayores trabas. Ya lo había pedido casi todo y lo había obtenido… y también lo había aborrecido.
En los últimos años se había encendido dentro de él una obsesión que lo volvía loco: cuando estaba sentado en la arena oía las mil voces del mar, entremezcladas gimiendo, aullando, ululando, superponiéndose unas a otras sin que llegara a descifrar qué decían. Había un mensaje… o una clave. Adivinaba una respuesta a sus angustias, un final a su continua crisis de identidad, una brújula susurrada por el mar, para él.
Y cuando dormía se soñaba en el mar también, subiendo a una barca, alejándose de la costa.
Una noche larguísima de invierno se adentró más en el sueño. A medida que se alejaba de la orilla, las voces de las olas rompiendo contra la arena y los riscos se iban apagando de a poco. Iban desapareciendo una a una, sofocándose sus sonidos con la distancia, hasta que sólo una quedó reverberando empecinada. Fue entonces que se dio cuenta de que todas decían lo mismo, repitiéndose en un eco que distorsionaba el mensaje, manteniéndolo oculto en el tumulto auditivo.
Se despertó con ese murmullo en la cabeza. Pero claro, quién sabe qué lengua habla el mar?
“Aham kaH”, así le sonaba. Aham kaH.
Persiguió esa cacofonía como un demente. Le preguntó a cuanta persona conocía si le sonaba familiar. Lo escribió de diversas maneras y lo buscó en diccionarios en tantos idiomas y dialectos como el mapamundi le indicara que había en los países de nuestra Tierra. Se dedicó luego al latín, al griego y a las runas. Finalmente incursionó en la mitología y el folklore. Aham kaH… un trabalenguas… un enigma… un acertijo vital que no podía resolver. Cuanto más lo eludía la respuesta, más lo apasionaba la búsqueda.
Pasados los cincuenta años decidió que tal vez estaba en la orilla equivocada y se fue a escuchar el mar a otras playas, pensando que en alguna pudiera encontrar el mensaje hablado en su propio idioma. Pero en Málaga como en Palma, y en Palermo, en Patrai, y en Iráklion, y en Alexandria, el Mediterráneo le decía lo mismo que el Arábigo y que el Rojo y que el Caspio. Lo mismo exclamaba el mar de China que el que exhalaba en la Bahía Bengalí. No le arrancaba al mar de Okhotsk una resonancia distinta de la que le llegaba del Báltico. Se concentró en escuchar los demás mares de las Américas entonces, volviendo a su casa con los ojos llenos de los miles de azules: brillantes, opacos, marinos, espejados, y de verdes, esmeraldinos, u oscuros, o salpicados, o transparentes, y blancos prístinos o llenos de yodo, y platas y oros, ya fuera que los rielaba la luna o el sol de mediodía o el del ocaso. Volvió con las narices plenas de múltiples combinaciones de salitre y dulzores de flores, de frutas maduras, de los aromas de las comidas que en cada lugar se preparaban.
Todo esto lo vivió con gran placer pero asomaba siempre en la comisura de su sonrisa esa voz, ese ruego, esa imperativa demanda del mar… Aham kaH…
Sin la sensación de triunfo, de conclusión, que ansiaba, todos los viajes le resultaban inconclusos.
Era un hombre viejo ya cuando yo lo conocí en San Bernardo, y me contó esta historia al verme sentada en la arena, totalmente sobrecogida por el espectáculo magnífico del mar. Nunca me canso del mar. Siento que en sus aguas, en su sal, en su declamación y en su tempestuoso vaivén está la esencia de mi alma.
—¿Aham kaH? —le pregunté—, significa “¿Quién soy?” en sánscrito.
El hombre me miró con incredulidad y comenzó a reírse con una placidez y una satisfacción que nunca logré antes con ninguna traducción.
Cuando se alejó de mí, todavía se reía, y hacía como que no con la cabeza.


Acerca de la autora:  Virginia Cortés

Receta - Luis Benjamín Román Abram



Safari en Lima era el negocio de moda en la ciudad. La idea de instalar un restaurante especializado en platos keniatas había sido un acierto. Tanta era la demanda que la única forma de asistir era previa reservación días antes. La idea gastronómica surgió de los gustos culinarios de su propietario, el señor Jorge Masías de Raygada, conocido como “El African”. De adolescente había pasado algunos años en Mombasa, en donde su padre fue cónsul de Perú. Allí, pudo disfrutar de imponentes escenarios naturales y aprender aspectos de la cultura masái, incluyendo sus extraordinarios potajes.
      Para la alta sociedad limeña él era un empresario de treinta años, rico, culto, filantrópico y algo excéntrico. Lo observaban movilizarse en autos cuyos exteriores imitaban la piel de las cebras o el hermoso plumaje de aves coloridas. De vez en cuando le gustaba sorprender a los suyos imitando el poderoso rugido de un león hambriento. En su establecimiento la música de fondo que acompañaba a los clientes era el redoble de tambores tribales. También llamaba la curiosidad el atuendo y rasgos de sus trabajadores, ellos hubieran sido perfectos como extras para una película de Hollywood, de esas que ya no se hacen, en las que un explorador europeo del siglo XIX se encontraba africanos no contactados por occidente.
      Todo iba bien hasta que un cliente lo acusó de haber encontrado las dos falanges de un pulgar humano en su comida. Los medios de comunicación amarillistas dijeron, directamente, que vendían carne humana y ya apostaban por sentencias judiciales drásticas. Ese día, él solo recordó que hacía veinticuatro meses, cuando constituyó el negocio, le había comentado a un amigo peruano que en Kenia le habían advertido que cualquier receta alimenticia que saliera de sus fronteras no podía alterarse bajo ninguna circunstancia o la vida del osado sería un infierno.

      —No señor Juez, toda nuestra carne es importada del África y es sometida a un estricto control sanitario, tanto en Nairobi como en Lima.
      —No señor Juez, nuestra personal es entrenado, no me explico por qué la dependencia de salud indica que no era carne animal. Era de cebra y de tapir, punto. O es un terrible error de ellos o es una vil conspiración de la competencia en mi contra. Ya sabe que nuestros compatriotas no perdonan el éxito. Pido un nuevo peritaje y por especialistas renombrados que propondremos las partes.
      —No, el canibalismo ya no es una práctica en Kenia; y me reservo el derecho de llevar a la justicia a quienes vinculen a eso.
      Antes de acudir a una segunda audiencia judicial y mientras se cambiaba de ropa seguía pensando en las instrucciones que le dieron sus abogados. Que negara todo, que nada le pasaría y el caso sería cerrado. Y eso fue lo que sucedió.
      Más tarde, de regreso en su inmenso restaurante, se miró de cuerpo entero, contento, en el espejo que tenía en su oficina. Había triunfado en el juzgado, y es más, litigaría con el ministro de salud por difamarlo. Hasta le gustaría hacerlo por lucro cesante, pero la verdad es que nunca vio disminuida la demanda de los servicios culinarios, así que apenas sería por daños morales. Cuando, de pronto vio, además de su imagen reflejada, una fantasmal flecha de madera con punta triangular que como en cámara lenta se dirigía a su espalda, para disolverse antes de llegar a esta. Se dibujó la satisfacción en su rostro. De ninguna manera pensaba en innovar o fusionar con los ingredientes peruanos las fórmulas keniatas. Las recetas tradicionales se respetan y él seguiría importando carne humana de primera, ¡Claro está!


Sobre el autor: Luis Benjamín Román Abram

El desierto verde - Paula Duncan




Estaba saliendo de un grave surménage, ó al menos eso creía; demasiada presión, demasiada exigencia, no supo tomarse un respiro de vez en cuando y dedicarle un tiempo a lo que lo hacia feliz, había perdido sensibilidad; su cuerpo dejo de hablarle o el de escucharlo comenzó a poner distancia nadie podía acercársele o tocarlo, ya no podía sentir el placer de un abrazo, de un roce en su mano, una palmadita en el hombro o un beso en la mejilla, entonces sobrevino lo esperable: se enfermó; de nada diagnosticable, de todo lo posible y mas. Su presión arterial estaba muy alta o muy baja, sufría de vértigo, pero los potenciales auditivos evocados resultaron normales, le dolía tanto el pecho que se le cortaba la respiración pero el cardiólogo diagnosticó que estaba muy bien, hasta que se cruzo con un medico que le dijo: usted no tiene nada pero si no busca ayuda rápido la va a pasar muy mal.
Por esos días su mujer harta de que nunca la escuchara, se fue unos días al mar sola; al menos eso dijo
Solo en su casa, sin nadie que lo atendiera ni escuchara sus lamentos, se sintió morir, pasaron dos días y no había comido ni siquiera se había bañado; ella no lo llamó y no sabia donde encontrarla
Al tercer día llego a la conclusión de que debía hacer algo o moriría, recordó que su mujer hacia un tiempo le había buscado un terapeuta; que desecho diciendo “no estoy loco solo me siento mal, ella le dijo “pego su numero en la heladera por si te arrepentís”.
Llamo consiguió que lo atendiera esa misma tarde, de la primera entrevista salió mas confundido que al entrar, pero disfruto del paseo al volver a su casa.
La segunda vez comenzó a entender algo, quiso comunicarse con su mujer y no pudo, pero llego a su casa comió y limpio todo con verdadero placer.
Llego el fin de semana y ya la extrañaba tanto que se fue a buscarla, viajo ansioso pero con muchas ganas de hablar y contarle.
Llego al pueblito marítimo donde estaba, busco el hotel y desde la vereda se veía la confitería ahí estaba ella con un caballero tomando café; se la veía feliz y hermosa como cuando joven; estuvo un rato mirándola con los ojos llenos de lagrimas.
Cruzo la calle bajo a la playa y camino en la arena el mar tranquilo era un desierto verde, cayó la noche; al otro día en el borde del agua solo encontraron su abrigo…


Acerca de la autora:  Paula Duncan

Remembranza - José Manuel Ortiz Soto


Aunque arcaica e impregnada de naftalina, la palabra fenecer me remonta a una época sublime, poética. Como si el vocablo nada tuviera que ver con el verbo morir, más frío, vulgar y contundente. Sin embargo, éste no es el único caso, a menudo me sucede lo mismo con ominoso o segregar, palabras capaces de sublimar terribles presagios y funestas consecuencias. Quien me oiga hablar así pensará que fui uno de esos chicos que no tuvieron niñez (¿debiera decir infancia?), que pasan su corta existencia (¿vida?) petrificados (¿absortos?) bajo la sombra contumaz de sus padres, siempre ajenos a todo lo que sucede (¿discurre?) a su alrededor. Seguramente dirían que, ciego en mi pequeño mundo, todo fue insignificante para mí. Quizá no estén del todo equivocados, no sé… Pero si se acercaran a leer con detenimiento la inscripción en lápida de mi madre, sabrían que en realidad jamás tuve oportunidad de vivir, que fui apenas como un alga que parasitó su útero un instante.


Acerca del autor:  José Manuel Ortiz Soto

Desvarío - Cristian Cano


Los dos esperaban que la quiniela galáctica realizase los sorteos y fue en uno de aquellos momentos de tensión absoluta en los que Seis Puntas acuchilló a su compañero antes de que éste le disparase a quemarropa. La policía se encontró despistada cuando comprobó que las víctimas tenían un sólo número para el juego. Habían comprado el ticket a medias en la sucursal del Cíclope suertudo, que queda en Pico. El número es el 96, el mismo que salió a la cabeza. La Grande Supergaláctica casi nunca sale y al Comisario le temblaron las rodillas cuando desenrolló el papelito manchado de sangre: Setecientos mil trillardos de créditos pagaderos en dos veces. Observó el suelo y los cuerpos, y después le clavó la vista a su compañero novato. Dijo en voz alta que era demasiado crédito y el agente novato comparó ideas diciendo que él colmaba su heladera con veinte credines a la semana. La mano del Comisario Montalbán se acercó a la funda de su phaser y el joven académico le preguntó si quería quedarse solo en la escena del crimen. Levantando la pera y haciendo un ademán de desprecio, le contestó que sí. Cuando estuvo dentro de la patrulla trató de imaginar semejante cantidad de crédito. Una en mil millones, se dijo. Minutos después no dudó en denunciarlo.


Acerca del autor:  Cristian Cano

Estado de guerra - Héctor Ranea


El gobierno había lanzado el ultimátum a los imperios. O se avenían a dejar en paz la zona o se iban a enfrentar a algo que no tenía precedentes, según informaban los voceros.
Del otro lado no se hicieron esperar las réplicas. Mostraron en cuanto canal de televisión había su poderío bélico, sus amplias naves nodriza, sus manipuladores de marcas territoriales.
Debo confesar, a pesar de mi confianza en la estrategia gubernamental, que pasé momentos difíciles. Me veía reducido a mis átomos, incluso a mis electrones y quarks y no me hallaba en medio a la explosión. No me hallaba.
Desde hacía un tiempo nuestra nación había encontrado los yacimientos que se necesitaban para la elaboración del material explosivo para los misiles, de modo que, en ese sentido, me tranquilizaba saber que no estábamos indefensos; es más, teníamos cómo golpear y sabíamos, espero, cómo hacerlo.
Sin embargo, un poco de pánico sentí. No era para menos: la relación de fuerzas era de 1717 a uno, aproximadamente, sin contar que el Mayor Imperio podía aliarse con otros los dos menores y hacernos desaparecer hasta la última mota de polvo. Aún así, el gobierno había lanzado el ultimátum de marras, donde, además, dejaba entrever que no quedaría nadie de su bando si no acataban lo ordenado.
A la hora señalada, puesto que las amenazas proseguían, los misiles salieron desde estas tierras. Al poco tiempo, un apabullante número de grandes bombas estalló en nuestras marcas, dejando chatarra atomizada. No sobrevivió nadie.
Pero los misiles lanzados por nosotros fueron llegando de a poco y muy tarde y fueron contagiando con sus libros, cuadros, grabados y juguetes a la gente, inocente de nuestra muerte y comenzaron por no creer más en su sistema. Al año vivían como nosotros o sea, los vencimos.


Acerca del autor: Héctor Ranea

Dibujos en el vidrio - Fernando Andrés Puga


Los dos hombres se recelan mutuamente. Hace tiempo. Cada martes por la tarde se cruzan en la puerta vaivén del bar que esconde en los fondos la cereza del postre. Uno, Juan, va de salida. Otro, Pedro, entra. Cada martes, los dos hombres se miran de reojo y, por un instante, se ven. Ambos saben del otro. Ambos visitan el cuarto de Rosita y pretenden que el otro ya no vuelva por allí. Los dos hombres se han visto dibujados en el vidrio de la mesa donde se sientan con Rosita a tomar una copa antes de ir a los bifes.
Hoy es martes. Juan se atrasó. Tuvo un inconveniente en la oficina y llegó media hora más tarde. Pedro, por su parte, se adelantó, treinta minutos. Tiene una importante reunión familiar y, aunque no debería haber venido por lo de Rosita, no se resignó y se dijo que si se apuraba podía darse una pasadita rápida.
Hoy Juan y Pedro empujaron juntos la puerta vaivén en la misma dirección, subieron la escalera uno al lado del otro y golpearon la puerta al unísono.
Rosita los invita a pasar y, como si tal cosa, pasea por ambos cuerpos y los va llevando a la cama haciéndoles olvidar el recelo mutuo.
Al terminar, y luego de despedirlos hasta la próxima, esbozó un nuevo retrato sobre el vidrio. El dibujo reproduce el momento en que Juan y Pedro se acariciaron entre sí, sin repelerse.
El martes próximo, y por no negarse al pedido de Rosita, vendrán juntos otra vez. Parece que ella la pasó estupendamente y ni se les ocurre negarse. Ninguno de los dos la quiere perder.


Acerca del autor:  Fernando Puga

El coleccionador y otros cuerpos - Raquel Sequeiro


Andrew Matherson Hend, un afamado doctor nacido en Bruselas en el año 1945, tropezó y cayó por la terriblemente larga escalera en espiral de su casa de Malibú, al despertar no recordaba nada que tuviera que ver con su vida anterior. Sabía poner inyecciones y preparar jarabes, obtener cualquier disolución que sirviese de remedio para curar las enfermedades comunes, y lavarse los dientes, montar en bicicleta y manejar un vehículo a tracción. Matherson era a todas luces un superdotado para los Uranianos, que, observando el cuerpo del médico muerto, lo habían envuelto en una nube de vapor y lo habían disgregado en moléculas irreconocibles para luego recomponerlo. H2 se fijó en la masa de pelo que tenía en la cabeza y en la zona que ellos llamaban plúmbea.
—Calipso —dijo JK—, atiende al enfermo y no delegues, estás vago.
Calipso protestó: “¿Vago yo?”, dijo —el jefe de laboratorio se hizo el desentendido, salió de la enorme sala y dejó que Calipso hiciese su trabajo, en lo que tardo tres lustros—. En el Gran Hospital End de Maniatan Village New otros trabajaban en un proyecto de similares características, en el planeta natal del doctor.
—¿Cuántos meses lleva dormido? —La enfermera rubia estaba justo al borde de la cama. Se llamaba Samantha.
—Lo despertarán pronto —contestó el clon masculino de la chica.
El coleccionador siempre traía una maleta, la dejaba sobre la mesa y la abría. Samantha vio trozos de pelo adheridos a cuero cabelludo sanguinolento, dedos, ojos, pestañas y labios.
—¿Has visto eso?
—Por eso lo hemos traído con nosotros, H2. —Tenían a otro accidentado nuevo sobre la mesa.
—No lamento haberme marchado. Hay muchos en las camas.
Mathew Anderson Hend apartó el telescopio.
—Sólo dejamos los cuerpos, H2.


Acerca de la autora:  Raquel Sequeiro

El inmigrante - Luis Benjamín Román Abram


Anco Huallpa había corrido toda la noche, estaba a punto de llegar al tambo de Ollendo, era la última vez que lo hacía como funcionario del incario, por lo que alimentaba a sus zancadas no solo de sus poderosas flexiones sino de su ánimo vital. Sus sentidos estaban totalmente alertas, podía percibir los latidos de su corazón, el cantar de los pájaros que daban la bienvenida al amanecer. En cada milímetro de su cetrina piel podía recibir el acariciante magnetismo de la ciudad fortaleza que estaba detrás, Machu Picchu. Mientras, gozaba con el aire frío y penetrante que apenas permitía que sude. Alzó la mirada hacia el firmamento estrellado; reconoció en un pequeño astro, su hogar, y eso lo reconfortó. Se sentía agradecido de servir a un inca, lo había llegado a ver, pero nunca pudo dirigirle la palabra, bajo pena de perder su vida.  Sabía que no era el glorioso Pachacútec, pero no le había sido posible escoger otro gobernante en la línea de tiempo espacio.
Sus pensamientos seguían sucediéndose, él retornaría a lo que hacía antes y, sus pasos por los cuatros suyos del gran imperio quedarían como una experiencia que contaría a sus hijos cuando los tuviere. Bien habían valido todos los peligros, el tiempo sin ver a su propia gente o incluso la severa herida que sufrió por una cachiporra cuando llevaba un mensaje en plena batalla.
—¡Chasqui llegando!, ¡Chasqui llegando!, lo anunciaron desde el tambo.
Sus reflexiones se interrumpieron. Su relevo en la posta lo esperaba afuera de la gran construcción de piedra. Tras un brevísimo saludo, Anco Huallpa le entregó un paquete envuelto en un tejido de fina alpaca para que siga su destino. La emoción lo embargó y rápidamente ingresó al tambo, para evitar que vieran como se le escapaban unas lagrimas. Su administrador, Tocay Jatun, lo invitó a pasar a una habitación de descanso. Tomó bastante agua, se aseó y cambió de ropa. Luego pasó al ambiente comunitario. Le sirvieron una espumosa chicha de maíz y una estupenda ración de charqui de llama con papas y quinua. Lo que degustó lentamente, sabiendo que ya no tendría otra oportunidad, ya era la hora de dejar la Tierra.
—¿Cómo estás Anco?, le preguntó Jatun con auténtico interés.
—Sabes Tocay, algo triste, recordaré al Qhapaq Ñan, piedra por piedra y más.
—Bueno, así debe ser, es una gran obra de ingeniería. Te conozco solo desde hace dos años y no puedo imaginarte en algo distinto a correr, aunque tienes veinticinco de edad, superas a los jóvenes, eres especial. ¿En el tiempo que anduviste por el Tahuantinsuyo no le tuviste temor al odio de los pueblos, a los que hemos sometido?
—Tocay ¡guarda tu vieja lengua o acabarás como los peces que sacamos de los lagos!  Aunque creo que de muchos caseríos si pudieran hacerlo, hoy mismo nos matarían y recuperarían sus huacas retenidas en el Cuzco.
Anco podía leer con su poder mental los pensamientos del otro, lo que lo entristecía. Le hubiera querido advertir a aquel hombre de alguna manera, el Imperio se sostenía en plumas de aves que volarían con el primer vientecillo. Pero no sabía cómo. Se sintió egoísta y desagradecido, pero hay reglas que tienen que respetarse.
Espero regrese la noche y se dedicó a trasferir la información del día a su distante bitácora personal, más allá de la vía láctea. Decenas de veces había realizado tal protocolo, pero esta vez, estuvo teñida de una sensación distinta. Que lo descubrieran significaba una muerte segura ante lo incomprensible que sería. En la Tierra él no tenía ninguna protección especial, era parte de las normas a las que se comprometió para que pudiera venir a la civilización humana. Luego durmió y soñó con peces de gigantes de bigotes negros y árboles en enorme verde fluorescente.
En la mañana, se dirigió al ayllu cercano, al hogar del curaca Nami y volvió a oír rumores de guerra interna. Atahualpa no reconocía el poder de su hermano, el inca Huáscar. Recordó que durante siglos ese mundo no había conocido de paz, solo de conquistas y aplastamientos y que así sería por mucho tiempo más.
Con Chimbu Nami, la bella hija del jefe, de larga cabellera negra, ojos pequeños y penetrantes, con quien había estado saliendo desde hacía algunas semanas, fue a la feria de la comunidad. Ambos llevaron exóticas conchas marinas con lo que podrían hacer los mejores trueques. La feria ardía en llamas de vida y color. Se mezclaban los gritos de los niños con la música de las quenas, los olores de los potajes, la fragancia abrumadora de las frutas, el brillo de las telas que se ofrecían, los pájaros tornasolados que se lucían en las vasijas. El dios Inti comenzó a levantarse en mitad del cielo, todos al unísono se detuvieron y levantaron sus brazos hacia los rayos. Luego, prosiguieron con sus actividades.  Anco y Chimbu entrelazaron sus manos, mientras el suave viento los acompañaba. Anco recordó los sueños de la noche y los interpretó como la vida natural en el oriente del imperio, la selva apenas explorada. Pero, eso no podía ser para él.
Chimbu, para el asombro de él, deliberadamente le pisó el pie y sonriendo dulcemente le dio un beso de agua miel, era una invitación para que pidiera su mano en matrimonio. El chasqui estelar comenzó a dudar, tal vez no era momento de retornar a su retirado planeta, su tesis de sociología vivencial podía esperar. Ella era tan hermosa y trabajadora, ¿Por qué no quedarse ahí? No sería el primero en romper la regla, y migrar por tiempo indefinido a otro espacio tiempo, finalmente, había otra norma más poderosa, la regla cósmica del amor.
Evitaría que ella sufriera la lucha fratricida inca y el dolor de la conquista española. Sintió que tenían la posibilidad de amar verdaderamente, tal cual, como los hacían los humanos. Luego, miró al oeste, el verde los esperaba.

Sobre el autor:  Luis Benjamín Román Abram

Parábola del amor traicionado - Colombia Truque Vélez


Después de haberse mirado intensamente: Te amo, dijo él. Te amo, dijo ella.
Se tomaron las manos y echaron a andar. El aire era tibio como sólo puede serlo en la primavera, con la misma tibieza que cada uno sentía emanar de la mano del otro.
Él es el Héroe y ella, la Heroína de esta historia que acaba de comenzar.
La luz ha ido cambiando, como si una pequeña nube hubiera velado pasajeramente el brillo del sol.
Me hieres, dijo él. Sólo el No Amor puede no herir, dijo ella; el amor es una guerra, no lo olvides.
Ahora, la Heroína tenía en su mano un arma extraña, de brillos siniestros.
Tú me heriste primero, dijo ella. No, tú me heriste primero, dijo él; Sólo el No Amor puede no herir. El amor es una guerra.
También el Héroe tenía en su mano un arma extraña, de brillos siniestros.
A medida que se herían mutuamente, sus sombras, proyectadas contra el muro y que al principio de la batalla estaban cogidas de las manos, comenzaron a separarse y a hacerse menos nítidas, como si la luz hubiera variado su ángulo sobre la escena. Las sombras se agitaban, haciendo esfuerzos para volver a unirse y, de repente, lo lograron. Los dos héroes que se herían en su lucha, habían depuesto súbitamente sus armas.
¿Me perdonas?, preguntó ella. ¿Me perdonas?, preguntó él.
La escena de la batalla y el perdón se sucedió varias veces más: el amor es una guerra.
Entonces ocurrió que, al final de una de esas luchas, las sombras se debatieron con desesperación, tendiendo la una hacia la otra sus brazos, que del color de la tinta china se habían vuelto como manchas grisáceas y amenazaban con desvanecerse completamente. Sin embargo, uno de los dos se alzó victorioso. No podríamos decir cuál, porque los cuerpos, al igual que las sombras, habían ido perdiendo consistencia. Ya iban a desaparecer por completo, cuando se oyó, no sabemos si salida de las sombras o de los cuerpos, una voz débil que clamaba: ¡Ayúdame!, seguida de otra que le respondía, ¡No puedo! Mi victoria es una herida más dolorosa, sangrante y mortal que la tuya...

Sobre la autora: Colombia Truque Vélez

Derroteros - Rolando Revagliatti


La fresca y pimpante criatura uniose en matrimonio a Feliciatti tres largos años antes de prendarse de Valentina. Con él tuvo gemelos robustos. Dejose destinar para Feliciatti por su padre, a quien también su esposa había sido destinada por el suegro. De blanco frente al altar, con todos los permisos y plácemes familiares recibidos, sociales y religiosos otorgados, regodeose por vez primera imaginándose a solas con Feliciatti. Feliciatti, de exactamente el doble de su edad.
Espléndida ella por simple existencia, sin artificios, casi sin poses. Feliciatti, barnizado comerciante en comestibles, en cambio, ampuloso y plagado de latiguillos. Amante ponderable después de todo, lograba estremecerla. Los gemelos, como dije, robustos, nacieron sin dificultad.
El flechazo entre Valentina y la fresca y pimpante criatura prodújose en la fiesta donde descubrieron que la progenitora de Valentina, en su condición de obstétrica, había asistido a la progenitora de la progenitora de los gemelos en el parto en el que vio la luz.
Cuando la obstétrica enviudó, Feliciatti, por despecho, enterado de la incidencia de Valentina en su cónyuge, decide seducir a la obstétrica. Empieza la noche misma del velatorio del marido, y redondea la entusiasmante tarea, semanas después. Valentina y la destinada a Feliciatti festejaron el salpimentado romance.
Cristalizadas perduran más o menos así las cosas. Socios y barnizados comerciantes, habiendo adoptado con naturalidad los latiguillos alocutivos de su padre, los gemelos, hombres de bien, se mantienen indeclinablemente robustos y ampulosos.

Sobre el autor: Rolando Revagliatti

Mikhail de Chuvasia – Sergio Gaut vel Hartman



Representante de la estirpe que otrora fuera considerada la genuina realeza de los búlgaros turcomanos, Mikhail Maturin remontó el juicio reprobatorio de sus súbditos y asumió el poder pleno del territorio ubicado entre Mari El, Nizhniy Novgorod, Mordovia, Ulyanovsk y Tatarstán. En su alma de genocida albergaba el sugestivo propósito de encarar una cruzada que llevara a los chuvasios a recuperar el papel relevante que tuvieran en la región entre los siglos VIII y XIII. Una desmedida ambición, y la gran fortuna amasada con el dolor y la miseria rusas, le permitieron a Maturin fijar la fecha en que invadiría a sus vecinos con un arma de su invención, algo único, nunca visto antes: 29 de febrero de 2016. Al principio nadie le creyó, pero cuando los casi dos millones de habitantes de Kazán amanecieron muertos sin que fuera posible identificar un agente u operador de semejante masacre, empezaron a tomarlo un poco más en serio. No obstante, fue necesario que liquidara a todos los que vivían en Nizhniy Novgorod, Ulyanovsk y Samara para que la amenaza que se cernía sobre Moskva y Sankt Peterburg recibiera la debida consideración. El nuevo Genghis Kahn, apodado Zloveshchim Ubiytsey (asesino tenebroso) por sus víctimas, estaba a punto de cumplir el sueño que acariciaron y no concretaron tantos megalómanos de la realidad y la ficción, cuando un inesperado suceso dio por tierra con sus aspiraciones (y nunca mejor expresado). Aficionado desde la adolescencia a la inhalación del gas alucinógeno Zyrkon-19, Mikhail contrajo una severa insuficiencia pulmonar que derivó en un edema. Todo el dinero del mundo no pudo rescatar al monstruo de las garras de la muerte, que terminó sus días como cualquier hijo de vecino. Nunca supo nadie en qué consistía el arma genocida. Ustedes, lectores inocentes, tampoco lo sabrán jamás.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

El espejo - Ambrose Bierce


El espejo es un plano vítreo sobre el que aparece un efímero espectáculo dado para desilusión del hombre. El rey de Manchuria tenía un espejo mágico, donde el que miraba, veía, no su imagen, sino la del rey. Cierto cortesano que durante mucho tiempo había gozado del favor real y en consecuencia se había enriquecido más que cualquier otro súbdito, dijo al monarca: "Dame, te lo ruego, tu maravilloso espejo, para que cuando me encuentre apartado de tu augusta presencia pueda, a pesar de todo, rendir homenaje ante tu sombra visible, postrándome día y noche ante la gloria de tu benigno semblante, cuyo divino esplendor nada supera, ¡oh Sol Meridiano del Universo!".Halagado por el discurso, el rey ordenó que el espejo fuese llevado al palacio del cortesano. Pero un día en que fue a visitarlo sin anuncio previo, encontró al espejo en un cuarto lleno de basura, nublado por el polvo y cubierto de telarañas. Esto lo encolerizó tanto, que golpeó el espejo con el puño, rompiendo el cristal y lastimándose cruelmente. Más enfurecido aún con esta desgracia, ordenó que el ingrato cortesano fuera arrojado a la cárcel, y que el espejo fuese reparado y conducido a su propio palacio. Y así se hizo. Pero cuando el rey volvió a mirarse en el espejo, no vio su imagen, como antes, sino la figura de un asno coronado, con una venda sangrienta en una de las patas: que era lo mismo que siempre habían visto los autores del artificio, y los meros espectadores, sin atreverse a comentarlo. Tras recibir esa lección de sabiduría y caridad, el rey puso en libertad al cortesano, hizo instalar el espejo en el respaldo del trono y reinó largos años con justicia y humildad. Y al morir mientras dormía sentado en el trono, toda la corte vio en el espejo la luminosa figura de un ángel, que sigue allí hasta hoy.

Acerca del autor:
Ambrose Bierce

El aleteo de una mariposa en Pekín – Walter Iannelli


Te hubiera dicho que las cosas son raras. No la vida, sino el ordenamiento de las cosas en el universo. La forma en que éstas suceden, se encadenan como si quisiesen decirnos algo. Pero no te dije nada, por supuesto. No te dije nada porque sí, porque subiste al colectivo con esa expresión de vampiresa ausente, entallada en una pollera amarillo patito que te juntaba la piernas en un tubo hasta la rodilla, la boca semiabierta como si, debajo de los anteojos negros, estuvieses suspirando con los ojos. No te dije nada porque habíamos hablado muy pocas veces, casi nunca, un saludo apenas, y sobre todo porque caminaste por el pasillo del ómnibus mirando a todos y a nadie y te sentaste tres asientos por delante, también al lado de la ventanilla, con la misma languidez con que te había imaginado en la mañana, cuando había descargado mi mal humor soñándote despierto, y vos habías aparecido en mis sueños hecha una casualidad, una fatalidad cotidiana, y te habías entregado sin una palabra y yo lo había aceptado como se acepta lo deseado, una mano de plano sosteniendo el cuerpo contra la pared de azulejos del baño, la otra agitando las urgencias entre mis pantalones, donde te soñaba.
Una señora se sentó a tu lado y no pude dejar de pensar que desde la mañana, quizás desde el comienzo de los tiempos las cosas habían estado sucediendo para que nos encontráramos. Gente, calle, trámites, autos y señoras que fueron sentándose a tu lado en el colectivo, un mare magnum que se entrecruzaba como cables para que nos encontrásemos después del sueño. Claro que no como te había imaginado en mi cabeza, en la humedad, en la sordidez, sino en la tarde clara que brillaba y limpiaba el sabor a culpa y traía, como una ola, sólo la rémora suave y salada del amor  imaginado entre tus piernas. La pollera arriba, hasta la cintura, y mi boca hurgando entre tu blusa con una premura lenta que te hacía oler  igual que el viento antes de la lluvia. Ahora, no. Ahora estabas levemente inclinada hacia la ventanilla y podía ver el reflejo de tu perfil en el vidrio sucio. Ahora mirabas a través de ese vidrio sucio la calle. “El aleteo de una mariposa en Pekín puede producir un terremoto en Los Angeles”, pensé. Ibamos a viajar a tres asientos de distancia. A viajar a la misma velocidad en ese colectivo, siempre separados por esos tres asientos, unívocos e indestructibles, porque éramos dos tipos justificando el universo sin conocer sus leyes. Íbamos a mirar las mismas cosas, y nuestras miradas se unirían en algún punto. La vidriera de los negocios, los puestos de flores, el vigilante, el diente pintado de negro en la cara del político del afiche. La impertinencia de los que de una u otra forma querían hacer seguir andando el mundo, como si no supieran que ya no dependía de ellos.
Son raras las cosas, te hubiera dicho. La caída de un tenedor, la premonición fugaz de cruzarte de pronto con aquel que creímos descubrir en el lento agacharse a recogerlo. La sensación de que el tiempo es apenas una línea que nos resta recorrer como si fuese un pasillo sin salida, construido hace miles de millones de años, en el que sólo nos está permitido dar vuelta la cabeza de vez en cuando o atisbar poco más adelante, donde una última lamparita amarillenta y apocada por la mugre cuelga del techo. Pero no te dije nada porque era natural que yo me levantara primero del asiento al llegar a destino. Era natural que vos te levantaras después, y caminaras como un felino, aún con el bamboleo del colectivo, como si el roce de tu entrepierna pudiese producir polvo de estrellas. Natural que te quitases los anteojos para saludar con una breve sonrisa, y que yo, en vez de decirte que estabas verdaderamente linda, tan linda que metías miedo, te tocara una teta, tímidamente pero con toda la mano abierta. Natural que te bajaras puteándome del colectivo y yo me quedara callado, aguantando el ensañamiento de dos o tres tipos que me trompearon hasta tirarme por la puerta dos paradas más allá, no sin antes pisarme un ojo. Natural que sentado en la vereda siguiera pensando en vos. En los tres asientos que nos habían separado durante cuarenta minutos, y en tu mirada y la mía, que se habían tocado una y otra vez sobre los objetos, como la de dos viejos amantes que se hacían compañía  para soportar la derrota, lo indefectible.

Acerca del autor:
Walter Iannelli

Una confusión cotidiana - Franz Kafka


Un incidente cotidiano, del que resulta una confusión cotidiana. A tiene que cerrar un negocio con B en H. Se traslada a H para una entrevista preliminar, pone diez minutos en ir y diez en volver, y se jacta en su casa de esa velocidad. Al otro día vuelve a H, esta vez para cerrar el negocio. Como probablemente eso le exigirá muchas horas, A sale muy temprano. Aunque las circunstancias (al menos en opinión de A) son precisamente las de la víspera, tarda diez horas esta vez en llegar a H. Llega al atardecer, rendido. Le comunican que B, inquieto por su demora, ha partido hace poco para el pueblo de A y que deben haberse cruzado en el camino. Le aconsejan que espere. A, sin embargo, impaciente por el negocio, se va inmediatamente y vuelve a su casa.
Esta vez, sin poner mayor atención, hace el viaje en un momento. En su casa le dicen que B llegó muy temprano, inmediatamente después de la salida de A, y que hasta se cruzó con A en el umbral y quiso recordarle el negocio, pero que A le respondió que no tenía tiempo y que debía salir en seguida.

A pesar de esa incomprensible conducta, B entró en la casa a esperar su vuelta. Y ya había preguntado muchas veces si no había regresado aún, pero seguía esperándolo siempre en el cuarto de A. Feliz de hablar con B y de explicarle todo lo sucedido, A corre escaleras arriba. Casi al llegar tropieza, se tuerce un tendón y a punto de perder el sentido, incapaz de gritar, gimiendo en la oscuridad, oye a B -tal vez muy lejos ya, tal vez a su lado- que baja la escalera furioso y que se pierde para siempre.

Acerca del autor:
Franz Kafka

Animal naranja - Mempo Giardinelli



Sueño con un enorme animal prehistórico de color naranja que me persigue por los salones del Palacio de Obras Sanitarias. Escucho que una mujer pide auxilio y corro a rescatarla, pero entonces advierto que, si en efecto voy, ella también me ha de estar soñando. Es fascinante descubrir que ambos soñamos lo mismo, claro, pero cuando yo me meto en su sueño el dragón o dinosaurio o lo que fuese ya nos persigue a los dos, y en una esquina hace la posta con un gato montés de color azul. Yo le grito que es ridículo soñar así a los gatos monteses, que todo el mundo sabe que no son azules, pero ella replica con lógica implacable que los gatos monteses no son azules pero este gato sí es azul y es montés y lo que es peor nos persigue haciéndole el relevo al Noséquesaurio naranja y gigantesco que es obvio que quiere matar a la mujer, que no sé cómo logra huir y se despierta primero, justo cuando yo le lanzo al gato montés azul una pila de revistas de modo que lo aplasto y el gato queda impreso en la página doble central de esa revista que se abre en el final del sueño, cuando yo apenas logro sofocar mis gemidos y amaina mi desesperación.

Acerca del autor:
Mempo Giardinelli

Robert Houdin - Ana María Shua



Si su discípulo Houdini fue sobre todo un atleta, la clave de los trucos de Robert Houdin fue su profesión de relojero. Sin embargo, lo más importante para los dos, como para todos los ilusionistas, fue la comprensión psicológica de la ilusión, su aguda percepción de los huecos por donde atravesar el engaño.

Uno de los trucos de Houdin consistía en mostrar una liviana caja de acero, que hasta un niño podía levantar, y pedirle después a los hombres más fuertes del público que intentaran moverla, mientras la mantenía adosada al suelo con un enorme imán. El truco fue muy exitoso mientras Houdin afirmó que su poder mágico consistía en aumentar el peso de la caja. Pero pronto descubrió que la gente se impresionaba mucho más si afirmaba ser capaz de extraer la fuerza de un hombre, debilitándolo de tal modo que ya no pudiera mover el artilugio. Como ciertos autores que, en lugar de reconocer el peso específico de su novela, culpan a la debilidad del lector. Este truco se puede realizar sin utilizar imanes, pero es necesario contar con el férreo sostén de la crítica.

Acerca de la autora:

La novela del capitán – Héctor Ranea



Al cabo de un rato el manuscrito de mi novela, el cual había dejado perfectamente acomodado en la mesa de la cocina, estaba desordenado. Como no había nadie más en la casa, comencé a preocuparme.
El capitán Hoverland había sido asesinado antes casi de comenzar a narrar por qué habría de ser eliminado. Ya en la segunda página el silencio de Melody se anticipaba a cómo sería su vida después de que la violara su novio de la juventud, aunque esta tragedia debería ocurrir en la tercera parte de la novela, anteponiéndose al descubrimiento de Galileo, el nuevo satélite de Mercurio, por el profesor Gunner, bisnieto del explorador de las posesiones de Hoverland. Mientras leía esa versión desordenada, me daba cuenta de ciertos artilugios que nunca hubiera escrito, que hacían de la misma un engendro completamente transido de espasmos y golpes bajos vomitivos. En eso, la hija de Hoverland le saca un cigarrillo a Petaca Roberts, mi personaje favorito, una mujer de carácter bravo, poco propensa a las bromas y ésta le tira un beso.
—¡Yo no escribí eso —me enojé—. Petaca siempre fue el paradigma de alguien sin inclinaciones sexuales. ¡No veo por qué ahora las tiene! —pensé.
Me pongo a reescribir la novela en un ataque de furia loca.
En la primera parte el pasado de Hoverland lo condena. Pongo al personaje que lo matará casi sin decirlo. La escena me surge espontáneamente. Esa parte es una de las mejores pero, cuando la saco de la máquina me ataca la desolación. Ahí estoy escribiendo casi con carteles luminosos para señalar de forma evangélica quién será el homicida, que es Petaca, claro.
Y ahora que lo dije, ¿qué? ¿Cómo piensan que se venderá una novela en la que de arranque se sabe quién será el que matará a Hoverland y a Petaca? ¿Petaca, muerta?
—¿Quién fue el asesino? —grito, fuera de mí.
No tengo idea de lo que está pasando. No tengo tiempo de tomar ningún reaseguro. Miro en la memoria de la máquina y la novela sigue intacta pero con todo cambiado. Comienzo a dudar de mí. Seguramente pienso una cosa con un hemisferio y sale otra por el otro. Pienso con el izquierdo un argumento y el derecho se desacopla y comunica otro. Eso es terrible para ser novelista. Tan parecido a la muerte es esta lucha de personalidades que prefiero no pensar más en la novela.
Me voy a preparar un café. Mientras aguardo que el agua se caliente en la pequeña caldera del aparato, miro por la ventana y veo el suelo del patio lleno de escamas blancas. Me acerco a ellas, las toco: son como granos de sal, pero grasosas al tacto y el olor es inconfundible. Es caspa de murciélago.
—¡Mal paridos! —grito de nuevo—. ¡Ustedes me están arruinando la novela!
No se escucha nada más que el agua negra del café manchando la cocina al salir a borbotones. Corro a apagar el fuego. Escucho una voz detrás de mí:
—Te equivocas.
Me doy la vuelta
—¿Quién... —me detengo en seco.
Ahí, sentado, orondo está un vampiro. Fulero de ver, más de oler.
—Soy yo solo, no hay otros. Quiero escribir una novela y la tuya me pareció interesante, pero poco atractivo el desarrollo. Si quieres hablamos ¿me sirves un café, por favor?
Un café no se le niega a nadie, así que se lo acerqué. En efecto, la caspa era de él. Hablamos bastante: no tenía malas ideas, sino mala técnica. Después de unas cuantas duchas logré sacarle ese olor de encima y, con ropas de mi ex, quedó hasta atractivo.
La novela quedó bien, después de los arreglos. Me hice famosa y empezamos una sociedad que lleva más de... bueno, eso mejor no lo digo.

Acerca del autor:
Héctor Ranea

Guiso de habas – Sergio Gaut vel Hartman & Maria Ester Correa Dutari


—¿Usted está seguro de que lo que escribe es también interesante para los demás? —Agnos removió el guiso con un tenedor y se concentró en las habas; eran enormes.
—No lo sé —respondió Loretta—. Nunca se sabe. Los que se acercan a comentar algo que escribiste te adulan, los que no se acercan tal vez piensen que es una bazofia.
—Como este guiso, sin ir más lejos. —Ahora Agnos sonreía. Le costaba creer que solo era un personaje, que su vida entera estaba en mis manos. De pronto se dio cuenta con quien estaba hablando, de que a pesar del tratamiento y la medicación, lo seguiría haciendo, y que ese conocimiento lo iba a volver loco. La sonrisa se borró de sus labios.
—Los cuentos, como los guisos, si no acaban cuando corresponde se terminan convirtiendo en un pastiche frío e incomible. —Loretta, en cambio, disfrutaba jugando el rol del escritor. Sabía que no lo era, que solo se limitaba a representarme.
—Ya mismo lo termino; ¿no vas a comer? —Loretta movió la cabeza. Había urdido un plan para hacer desaparecer a Agnos. Y no era la primera vez que hacía algo como eso. En su haber se contaban pistoleros, asesinos, prostitutas y proxenetas. Pero habitualmente nadie reclama, aunque no estén conformes con su estilo que, está de más que lo diga, es el mío.
—No, no voy a comer. —Loretta se levantó de la mesa para dirigirse al escritorio donde estaban los borradores; había decidido borrar a Agnos del cuento.
—Lo cierto — dijo Agnos, que ignoraba por completo los propósitos de Loretta (y los míos)— es que tus cuentos son malísimos, nada es creíble, aunque debe quedar en claro que yo soy un escéptico, de allí mi nombre. En realidad, no sé por qué me preocupo: yo no soy el que no vende un miserable libro.
—Tu opinión es irrelevante —dijo Loretta levantando la vista de los papeles—; sabés perfectamente que el que decide la continuidad de la historia soy yo, para eso soy el escritor. —Tomó una de las lapiceras, pero descubrió que en ella apenas quedaba tinta—. Y el final está cercano —concluyó abrumado por las crecientes dificultades.
—¿Ah sí, cómo es eso? —El tono de Agnos era desafiante—. Los mediocres tienen una única forma de terminar un cuento: matando al personaje, ¿no es cierto? Pero sabe que no lo va a hacer, aunque de no seguir escribiendo la obra esta quedará inconclusa, ¿no es así?
Loretta miró a Agnos, incrédula. A medida que avanzaba la conversación se había ido dado cuenta que se desdibujaba, que ya no proyectaba sombra, que apenas era un garabato en la hoja, un línea torcida que se perdía en los vericuetos de la historia, y finalmente apenas unos puntos suspensivos.
—¡Esto es imposible! —exclamó Loretta antes de desaparecer por completo.
—¡Pobre tipa! —dijo socarronamente Agnos—. Cada vez que come estos guisos termina con indigestión, delira, se cree la protagonista del cuento, aunque debo admitir que es duro ser solo un personaje secundario. Ahora solo me queda tomar las riendas del cuento y continuar con su escritura hasta terminar la historia.
Le permití que lo creyera durante algunos minutos. El guiso estaba delicioso y hasta pasé el pan por el fondo de la olla.

Acerca de los autores:
María Ester Correa Dutari
Sergio Gaut vel Hartman

Fábula con aire marino (cuento pascual) – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—¿En serio que está en huelga? ¿Qué pasó?
—Mi tarea no es suficientemente remunerada, pero está bien porque la considero vocacional, en cierto modo y, por qué no admitirlo, me alimento bastante. Pero esto se está yendo fuera de control. Es todo muy desprolijo.
—A ver; usted admite que come en su horario de trabajo. Pero que hay caos que le dificulta el mismo. ¿Correcto?
—Correcto.
—Usted estaba contratado para eliminar a Joaquina (La Foca) Flotandis pero un trío de facinerosos se le adelantó. ¿Es así?
—Precisamente; por medio de un ardid me la arrebataron y la atacaron ellos. El tema es que el comitente ahora no quiere garpar. Digo yo: ¿Qué culpa tengo? Yo planeé todo, puse a la foca en posición, pero no me va a pedir que me enfrente a esos tres toros gigantones. Eso no estaba en el contrato. La idea es matar, no dejar que me maten. ¡Vamos! No pueden jugar con Juro “Tiburón” Meneses y sacarla gratis.
—¿Y quién o quiénes son esos comitentes, si se puede saber? ¿Se puede saber?
—¡Claro! La lealtad llega hasta un punto. No se juega con esto. Son los jefes del Clan Las ballenas de Cortés. Un grupo de viles ballenatos de poca monta, pero eso lo descubrí un poco tarde. De todos modos, no pensé que llegarían a esto.
—¿Para qué lo contrataron?
—Debía eliminar al Jefe de la Mega Banda de los enemigos de las ballenas ésas. Uno que llamaban Delfín cabezón.
—Pero usted quiere cobrarles una foca.
—Estaba en mi camino. Ellos sabían que debía distraer a sus asesinos.
—¿Cómo! ¡Ellos tienen sus propios asesinos y lo contrataron a usted?
—Tercerizan para que nada falle. Es habitual. Mandan al Cuarteto de piratas que se hacen llamar Orcas, perdón por este error de ortografía. No me lo banco, pero se hacen llamar así.
—Descuide. Acá en la televisión estamos acostumbrados a hablar con faltas de ortografía.
—Muy mal… muy mal. Pero bueno. Ésa es mi denuncia. ¡Ballenas, mamíferos desubicados! Y me rajo.
—Claro… claro. Disculparán ustedes, televidentes, pero el tiburón no aguanta mucho fuera del agua. Han presenciado ustedes un testimonio directo de este caos marítimo que el gobierno no hace nada por resolver. Estos asesinatos demuestran el nivel de inseguridad al que nos están acostumbrando. ¡Oh! Retornó el tiburón. ¿Qué desea ahora?
—Sólo anunciar que las ballenas están cabreadas mal. Quieren provocar un recontra mega giga tsunami para ahogar a los seres humanos. Lo siento. A propósito ¿No tiene algo para darme de comer? ¿Estoy desde esta mañana hambreando, vio?
—Como no. Llévese mi pierna. Mañana me la clonan. Gracias por el dato. Y el gobierno: ¿qué está esperando?

Acerca de los autores:
Héctor Ranea
Sergio Gaut vel Hartman

Impulso - Sergio Gaut Vel Hartman & Raquel Sequeiro


Huyo sin saber por qué. Sólo sé que si me capturan seré devorado por los señores del castillo en el que el festín nunca termina. Y digo que no sé por qué trato de poner distancia con mis perseguidores, habida cuenta que nada existe fuera del festín que los señores del castillo celebran donde existe el universo. Debía huir y lo hice, no porque tenga una razón, o porque la fuga posea un sentido. Aunque supiera que me asiste un motivo para evitar la captura o que poniendo distancia con el posible castigo lograré alguna forma de alivio, el resultado sería apenas un poco más tétrico que la realidad que me aguarda si penetro en el territorio controlado por los señores del castillo vecino. El mundo entero es una sucesión de territorios dominado por los señores desde sus castillos almenados y cada uno de nosotros es la presa que cazarán para llevar a la mesa. Ni siquiera el irresistible impulso de la fuga sirve para explicar mi vergüenza, mi definitiva desazón y mi patética existencia. Persigo una quimera. No puedo salir de este laberinto y pienso, sin embargo, con la carne maltrecha por las caídas sobre este páramo rocoso, que hay una salida que desconozco y recuerdo, lo suficiente terrible para que mis piernas se nieguen a ir, y prosigo de este modo de reino en reino, esclavo sin cadenas de mis miedos, de mis fantasmas. ¿Quién me persigue? ¿Los arqueros, desde arriba, los soldados con sus perros...? Oigo sus aullidos. ¿Crees que importa, cuando han caído todos y los imagino en sus vitrales expuestos como trofeos, en sus tableros de mármol pedazo a pedazo, acuchillados y enclavados por los señores feudales de este nuevo cosmos, tan ingente y hambriento era el otro como lo es este y este como lo es aquel y así sucesivamente en una secuencia sin fin? Este mundo se ha convertido en un caótico precipicio, pero ¿no merecemos salvarnos? Intento huir pese a todos sus esfuerzos por cazarnos miserablemente entre esta desolación de llanuras secas. Me impresiona la fuerza de cada sonido, el palpitar del corazón, los alaridos en mi cabeza. ¿Estoy solo? ¿Sólo oigo mi voz en el silencio? No aguantaré corriendo mucho tiempo y se acercan. Repito como un loco que siempre hay una salida y en eso se ha convertido mi mente, en un conjunto de sintagmas, de matemáticos pensamientos, de axiomas absurdos y me dirijo sin descanso, de este modo, ya, al único escondite que puede salvarme. Los surcos en el terreno se hacen profundos. El territorio de los faunos no es menos horrendo al adentrarme apartando las raíces, escupiendo la tierra que se desprende intentando tragarme, pero ya no los entiendo. No sé, lo reconozco, si estos otros dioses, que los primeros llaman indígenas, serán benévolos y hallaré descanso para mi quebrantado cuerpo, mi alma desfallecida, alimento para mi espíritu y el estómago vacío desde hace días innumerables. Me desgasto en una carrera sin fin, huyo de mi mismo, me traiciono. ¿Cuándo el mundo comenzó a ser este desierto inhóspito y terrible? Deseo encontrar sosiego para mi mente y entonces despierto empapado en un sudor frío. Estoy en mi alcoba. La sirvienta atenúa las heridas con una pócima diluida en aceite. Es esperanza, es el canto de un pájaro, es el poniente. Anhelo no despertar de este sueño en el que me he dormido, con su mano a poyada en el vientre del que sobresalen las tripas. Siento un dolor inmenso. Nos hemos perdido. Hemos perdido el valor y las fuerzas y se repiten las traiciones y corro y huyo y presiento la oscuridad de este sinsentido abúlico y demencial, trotando a lo largo de este nido de voluptuosas y carnívoras serpientes. Me vaticino este mismo futuro en el pasado, porque, pese a que no puedo, no debo o no quiero cambiar las leyes de este sistema asesino, no dejo de correr y adentrarme en el fondo, hasta el fondo de la tierra misma, enajenado y vacío: este es el nuevo universo y sus amos no nos darán tregua.

Acerca de los autores:  
Raquel Sequeiro
Sergio Gaut vel Hartman

Textos para matar – Sergio Gaut Vel Hartman & Carlos Enrique Saldivar



Nargon había llegado a la madurez y creía poseer méritos suficientes como para formar parte del Consejo Asesor de Proveedores de Asuntos Relacionados con la Creación de Obras Literarias de Umela. Pero los anquilosados ancianos del CAPARCOLU no tenían la menor intención de promover a Nargón, por lo que este decidió que escribiría un libro con fuerza destructiva y que en él aparecerían tachados algunos de los nombres de los viejos fracasados y resentidos. Tachar, entre los umelitas, equivale a matar. Tituló su obra «Tipear un Mundo Nuevo» y la terminó en un mes. Ningún anciano falleció. Nargon no entendió qué había pasado; le hizo leer el volumen a un editor y este, riendo, le indicó cuál era la falla: había una errata en el título (cuando hay errores o erratas, el efecto de aniquilación no funciona). Según el Cuaderno Sagrado de la Real Escuela se dice «tipiar», no «tipear», explicó el editor. «Qué horrible», dijo Nargon. «No debería existir la palabra “tipiar”, es espantosa». De pronto el autor sintió un gran dolor en el pecho, trastabilló y, con los ojos desorbitados, cayó al suelo. Su corazón había estallado en pedazos.
—Qué sujeto tan parvo —dijo el Presidente del CAPARCOLU al enterarse del hecho—. No tomó en serio nuestra segunda y más delicada regla: Aquel que escriba un texto con fuerza destructiva y consigne allí un error o errata no solo perderá la facultad de aniquilar a otros, sino que morirá al día siguiente de finalizar el libro.
—Debió solicitar un corrector de estilo, de haberlo hecho su plan habría funcionado. Los revisores pueden detectar fallos en doce horas —dijo alguien.
—Por desgracia para él, y para fortuna nuestra, tenía el ego del tamaño de una estrella. La soberbia conduce a la obcecación y esta, al fracaso.

Acerca de los autores: 
Carlos Enrique Saldivar

Las aletas no son para volar - Héctor Ranea


—¡Buenas tardes, Fesor! ¿Qué tal anda, tanto tiempo?
—¿En términos generales o particulares, Feta?
—Empecemos por lo general y vayamos a lo particular.
—En general ando bien. En particular, también.
—¿Vio que era sencillo? Ahora, sáqueme de mi ignorancia: ¿por qué tiene una aleta?
—Mi aleta. ¿Cree que saldría sin ella?
—¿Pero cómo es que la tiene? ¿Un implante?
—Me extraña Feta. Siempre salgo con mi aleta. ¿Hace cuánto que no me ve desnudo?
—¡Uf! Desde aquel episodio del médico que le pidió un documento de identidad. ¿Recuerda?
—¡Cómo voy a tener un documento así!
—Precisamente por eso, Fesor. Lo metieron preso y desde entonces no nos vemos.
—¡Preso! Me quejaré, por supuesto.
—¿Pero dónde estuvo, hombre?
—¡Qué corto de entendederas, amigo! ¿De dónde saca que soy humano? ¿Acaso esta aleta es de humano?
—¡Pero usted es humano! Yo lo conozco y lo sé. No quiero contrariarlo.
—Vea amigo, no sé por quién me toma, pero yo de Fesor tengo algunos rasgos. Otros son de su mascota.
El nuevo Fesor, de hecho, tiene los últimos adelantos del siglo XXIX. No oye más con las simples dos entradas al cerebro del que gozaron los anteriores hasta el XXIII, ahora tiene cada célula administrando parte de la energía para esos menesteres, igual que para ver, sus dos ojos ancestrales tienen en cada célula un émulo. Notable, Fesor apenas hace alarde de tamaña muestra de tecnología. Por eso calla, para estar más bien ausente o, al menos, si habla es sólo para no mantener en silencio al interlocutor; en este caso, Feta.
—¡Qué lección de anatomía, Fesor! —exclamó Feta poseído de ardor liderático—. Me gustaría que sus dotes telepáticas las usara para enseñarnos a todos tales innovaciones de su cuerpo.
—Es que este formato de discurso no me alcanzaría, Feta. Necesito un libro, una colección. Un Testut, un Pijoan.
—No está en la nube, Fesor.
—¡Por supuesto que no! Sé que estoy en la Tierra, tercer planeta, habitable en condiciones de severa angustia.
—¡Pero cómo? ¿Nadie le contó, Fesor? ¡No estamos en la Tierra! Esto es Serena 4, una playa en las Líridos.
—¿Líridos? ¿Estamos en las Pléyades o qué?
—Algo así, aunque no tan esdrújulos. ¿Por qué lo pregunta?
—Tenía que estar en la Tierra. El autor se equivocó pero mal. Voy a quejarme a la editorial.
—Es que ahora, con esto de la nube, los autores son unos irresponsables —acotó severo, Feta—. Ahora, eso sí, yo no hubiera estado en la Tierra, Fesor.
—Desde luego, Feta. Pero la coincidencia no quita lo incómodo de la situación. ¿Cómo funciona su teleportador, Feta? ¿Se imagina una presentación de un libro sin autor ni contenido?
—Claro. Cosa incómoda. Me parece que el teleportador anda bastante mal. No consigo repuestos pues los usan también en las máquinas que expenden comida.
—¡Ah, el ser humano! Sólo piensa en comer.
Entonces Feta, queriendo bajar el tono a la ira de Fesor, le preguntó:
—Fesor; al fin no me contó sobre su aleta.
—¡Pero, Feta! ¡Qué insistencia, hombre! Es la aleta que siempre tuve. A lo sumo, lo desconcierta el tatuaje con cromóforos de femtotecnología. Una pavada.
—¿Con eso puede volar?
—¡Ay, Feta, Feta! ¿Cuántas veces le voy a tener que decir que si el Señor hubiera querido que volásemos, nos hubiera puesto alas? Las aletas son direccionales, Feta. Direccionales. Para orientarme. Volar, no vuelo.

Acerca del autor: Héctor Ranea

Viajes interconectados - Raquel Sequeiro


El ladrón escuchó ruido detrás de la puerta. Mathiew estaba escondido al fondo del parque. El corredor estaba vacío. Ella nunca supo que no era su hijo. Voy a contarles tres historias, una no completa la otra. Nada sucede que no tenga que ver entre ellas, a mí me sucedió, cobren lo que puedan:
Jacinta se limitó a sonreír, curioseando entre las camisas de su marido. Otra marca de carmín, y otra, y otra, puede que fuera venganza, Matilde ya estaba harta de las infidelidades de su marido y lo daba por fenecido en ciertos aspecto pueriles. Lo curioso de este caso, estriba para mí, en que son los machos los que pueden procrear. Jacinto Raimundo tiene tres hijos, su vecina Jacinta que pasea al perro a menudo está enterada de todos los detalles del affair con Margarita, La dama de las Camelias. Terminará por morir de tuberculosis, en el final, si este planeta no fuera de seres tan inestables y extraños: Jacinto murió plácidamente en su cama a los 80 años. El corredor de la casa estaba vacío. Planeta dos: Curioseo a través de una ventana. No soy dios, podría serlo, mirando a través de mi claraboya, o un cíclope. Podría ser Superman o Catwoman. Género no tengo ninguno y no traten de buscarlo porque es infructuoso, el único género que detento es el de voyeur, y, como decía, galápagos hay muchos, el tipo del parque era una tremenda mierda cetrina en su comunidad, un apestado, un paria, consumía todo lo que quedaba en la basura. Tenía siete tentáculos, dejaba un rastro de baba entre las hojas y se escondía al fondo. Puede que se trate de un marsupial-caracol- cefalópodo. No hay muchos y se ha empeñado en contaminar ese astro en particular en el que viven en armonía y concordia. Se llama Mathiew. (He indagado). Con mi bote de remos plegable a cuestas, subí a una ciudad no menos increíble que las otras. Subí cien mil escalones para llegar a la cúspide del celestial monumento que la coronaba. El ladrón escuchó ruido al otro lado de la puerta. No sabe que puedo leer la mente. Ahora estoy acomodado en mi sillón.
En las postrimerías de mis años dorados, me dediqué a escribir mis memorias, ella nunca supo que lo había hecho, mi hija murió mucho antes, víctima de una leucemia. Yo estoy muerto desde 1942. Nada era fácil por aquel entonces, y menos para un niño pobre, que además tenía arena en los bolsillos y polvo en lugar de sesera. Terminé atracando un banco, uno de los grandes. Me atraparon en el quinto atraco, y eso que burlar las medidas de seguridad de por aquí es una labor de titanes. Escribo, y Violeta se empeña en mirar la claraboya, fija en el techo. Deduzco que a mí me sucedió lo mismo cuando esto empezó, que terminé, o empecé, embobado a mirar las luciérnagas de luz y luego los gusanos, y las doradas mariposas. Los mundos se abrieron y no dejé de viajar. He visto galaxias, planetas, satélites con nombres raros, mundos alternativos que viven en una única dimensión, agujeros de gusano que te llevan a lugares sorprendentes, historias de leyenda, personajes de cuento y villanos. A esta hora mi adorada hija se habrá despertado, abriendo sus ojos de azucena, tan pálidos como la nieve. Es una perra de ojos blancos de dudosa procedencia. Mi nave va a la deriva. Mi compañero parlotea.
-Oye, amigo, la nave se quedó encallada entre dos tormentas siderales. Es espectacular la cantidad de protones con esa carga que hay por la galaxia.
No le escuché o no me importó escucharle. Cereza duerme en su cuna, la futura hija que mirará la claraboya cuando yo no esté e imaginará verme escribir.
-¿Y, cuando murió el abuelo, le entregaron la medalla?
-Sí –contestó.
La medalla no es ajena a nuestra raza, no es habitual usarla ahora. Visten de blanco, livianos, etéreos… Espero que me cobren lo que puedan a mi paso por el puente, que no me las cobren todas a placer, porque, entiendo, los guardianes del templo tienen que hacer su trabajo -me cobran un trocito de alma pequeño-. Ahí está la pequeña niña que se llamará Cherry (Cereza), que vivirá en Nueva York y será diseñadora, de las célebres, algo así como Coco Chanel, pero sin mentiras, con muchos viajes que se le aparecen desde que miré a la claraboya. Es inconsecuente explicar que me escurrí hacia ese lugar entre el sueño y la nada, la realidad y la fantasía. Observa, lector, que no puedo contarte mi historia mejor de lo que la he contado. Yo y mi padre vimos lo mismo, fuimos abuelo y nieta, puede que fuéramos amantes (incestuoso y obsoleto). [Año 1343 de la dinastía egipcia XVIII. He dejado muchas épocas y pienso quedarme aquí, bañada en leche de burra, comiendo dátiles en el triclinio, con el cabello afeitado. Se mezclan tanto las épocas que…]
Violeta mira la claraboya, nadie sabrá nunca si es superior su imaginación o la mía.
-¿En un mundo de qué, hija? –Tiene el pelo alborotado y salta de la cama hasta el sillón.
-En otra vida fui un gato-. Con veinte años ya se permite decirme lo que quiere. Soy tan inusitadamente viejo que la dejo hacer. Reclinada la cabeza en mis rodillas, ella nunca supo que lloraba.
Y el tipo en la nave sigue parloteando. A mí me sucedió que recuperé a mi hija después de diez años de vagar por mundos y ciudades desconocidas. Cobren lo que puedan de ella, el resto de la historia es absolutamente ilusorio.


Acerca de la autora:  Raquel Sequeiro

Fiebre de sábado a la vermú y noche - Diana Sánchez


(Historias de amor y muerte o cuatro historias con el mismo fragor)

Homenaje a Roberto Arlt

-1-

La Malú llego desjarretada como una res al “Círculo La Margarita”: La revé erizada. Trasijada, como una prostituta. Se sentó, atisbó el salón, y peló un faso. El visitante se le acercó enseguida, y enviserándose la frente con los dedos, la cabeceó. Salieron a la pista. El quía, esguizándole el rostro, la engarfió con fuerza acercándole el trasero al capote con que se calafateaba. Cuando la pollera se le atorbellinó entre las pantorrillas, el Torvo Farías hizo parar la música. El humo hacía difícil verse las caras. Las comadres, chismorreando, se sololiqueaban en un esbozo de carcajada. La Malú se hizo a un costado, el Torvo Farías, de entrada, le engarfió el facón al quía. Al visitante le costó desprenderse del triple correaje, pero, empestillando la espalda, sacó el puñal. Tarde, el Torvo lo había afaenado.
La noche fría, enfoscada de estrellas, se derramaba silenciosa sobre el “Círulo La Margarita”.

-2-

Me batieron que el mafioso se apresentaría en la milonga del “Círculo La Margarita”. El turro sabía cafishear a las pelanduscas de cualquier cabaré. Por orden de la Malu, el malandrinaje lo esperaba en la esquina. No había gomazo en el Departamento que se perdiera la aspaventosa. El rufián llegó discreto a la giranta y cauteloso, se acercó a la Malú. Salieron a la pista. Después de apretarla fiero contra el pecho, el turro le pidió que cantara cuáles eran las cocotes que le habían rajado de la ladronera. Ella le dijo que se dejara de joder, que no hacía más la vida desde que conoció a Paco Mocho, quien la mantenía como una mishé. Como el quía no aflojaba, ella se le zafó, gritándole “¡canaya”, hijo de puta”! y lo dejó solo en la pista a su suerte de paica. El malandrinaje pidió que se parara la música. El humo hacía difícil verse las caras. “¡Ramera, fioca, yegua, rea”! le gritó el mafioso cuando vio que la merza se le venía encima. “La vita e denaro, strunso”, se le oyó decir al malandrinaje antes de que el mafioso cayera desplomado. Un ojo burlón le quedó abierto en su rostro romboidal.
La noche estaba enfoscada de estrellas cuando se apagó la última luz en el “Círcula La Margarita”.

-3-

“Ye mén fiché” dijo la Malú mientras las solapas del de macferlán le rozaban las poilus de las trincheras. La yazzbán tocaba el claxón al máximo. “Un espress, silvuplé”, gritó el policeman acodándose en el mostrador. “Penzar que este puerco sabe de cálculo infinitesimal”, se decían entre sí admirados, los superdreadnaught. “Mon dié, vá tan fer enculer” girió indignada la Malú.
“¡Que paren la miusíc”!, pidió el policeman. Silencio total. “Se benden buebos y gayinas de raza” se oyó desde afuera del salón. El humo hacía difícil verse las caras. El policeman terminó de afaenar al de macferlán en cuyo rostro romboidal quedó abierto un ojo burlón.
El muerto quedó solo y perpendicular en la superficie de un infierno redondo, mientras iba amaneciendo a través de la ventanuca del “Círculo La Margarita”

-4-

En el “Círculo La Margarita” el lacayo albercó a la mocita Malú. Con un esbozo de belfo, le menostroló la horchata. A ella pareció gustarle. No así, a su señora madre que se acerco indignada y tirándole de la bata con furia, le espetó al gil. ¡”Oiga, pelafustán, cartujo, balumba, mequetrefe”! ¡No se abuse de la niña! El lacayo pareció no inmutarse, lo que produjo más indignación en la señora, cuya fachada se había incendiado de rojos. ¿”Es que no me oye usté, desgraciado?”, le platicó fuertemente creándole espantosas pejigueras en sus orejas de jamelgo. “No se precipite en su apreciación señora, que me está perforando los oídos como un berbiquí. Y sepa que la fámula sentíase enjalbegada como una mozuela en un muladar”. ¡”Pues vete a menestrar tu horchata a algún mozalbete con cara de bellaco, o te haré afaenar por un truhán”. El lacayo siguió haciéndose el sota, albercando embobado a la mocita. La señora salió. Cuando volvió con el truhán, la Malú se hizo a un costado. El humo hacía difícil verse las caras. Todo fue muy rápido. El lacayo quebróse en el suelo con los ojos abiertos, sorpendidos.
La noche estaba enfoscada de estrella cuando las dos mujeres se retiraban del “Círculo La Margarita”.

Acerca de la autora: Diana Sánchez


Samarkanda– Patricia Nasello


La alfombra entra por la ventana, se deposita a sus pies. Ella se arrodilla y la acaricia, el contacto le agrada, trae a su memoria el recuerdo de su yegua favorita, y algo que nunca confesó: para montarla, se quitaba cuatro de sus cinco enaguas. Pero eso fue hace mucho, ahora se contenta deslizando las yemas de sus dedos sobre los hilos de oro de la recién llegada, observándolos bajo la luz de las velas descubre que dibujan una palabra: Samarkanda.
—¿Qué significa?
—Es el nombre de una ciudad que no existe- contesta él, hombre de ideas firmes y de manos que todas las noches toman firmemente lo que desean.
Cuando despunta el nuevo día, él, como lo hace siempre, se va. Ella queda y procura olvidar ciertos movimientos que se repiten, ciertas torpezas.
Pero esta mañana no se ata el pelo y en lugar de ponerse ropa, se la quita, y ya está en cuclillas sobre la alfombra que se eleva.
—Llévame a Samarkanda.
Podría ser una orden, sin embargo es una súplica.

Tomado del blog Esta que ves
Sobre la autora: Patricia Nasello

Amarillo sostenido en Fa perdido - Sergio Astorga


Opulento, como un alarido encima de las palabras, el Amarillo sostenido en Fa Perdido, representa el sonido criollo, con reminiscencias del folklore propio de las Américas. Las inscripciones, mas que partituras, fueron halladas en un viejo baúl que perteneció a los primeros habitantes de de origen andaluz llegados a finales del siglo XVI a las costas de Veracruz. Durante doscientos años estuvo extraviada, pero se tenían noticias sólidas de su existencia gracias al programa de mano, si podemos llamarle así, datado en el año de 1786. En este programa aparece el Amarillo sostenido en Fa Perdido interpretado por alumnos de las Escuela Real de Música utilizando instrumentos de cuerda y viento. Se presume en este programa que esta inscripción o partitura, fue elaborado por un criollo llamado Esteban Rodríguez, músico de oído con un talento, cuentan, sobresaliente. La partitura logró el reconocimiento del Virrey, no obstante el éxito, Esteban se mantuvo firme a sus deseos de independencia, buscando en el llamado folklore su ascendiente musical, despreciando la servidumbre de las cortes. Por desgracia, no se tienen noticias confiables del destino del compositor.
Es de suma importancia, según los entendidos, estar plenamente relajado y consciente —binomio extravagante— para la observación de la partitura, ya que al lograr un estado vigilante se podrá percibir como, de manera aleatoria, los sonidos irán desenvolviéndose vertiginosos y criollos. Para un oído contemporáneo podrá tener una experiencia similar a lo que actualmente es la música caribeña con cadencias europeizantes.
Les dejo, para que disfruten, si así es su deseo, la contemplación sonora de la inscripción o partitura: el Amarillo sostenido en Fa Perdido.


Tomado del blog Antojos
Acerca del autor: Sergio Astorga

Un libro de aventuras - Xavier Blanco


Seguía apoyado en el alfeizar de la ventana, afantasmado, con la mirada perdida en el horizonte. Desde la ventana se veía el patio, y en el patio sus compañeros. La pelota corría de un lado a otro, y un sonido ensordecedor, parecido al redoble de un gran tambor, se escuchaba cada vez que la misma chocaba, violentamente, contra la puerta metálica. Los que no jugaban, se repartían en corrillos. El patio era un hervidero, y el murmullo colectivo, amplificado por la altura del edificio, simulaba el graznido de una bandada de pájaros.
Se percibía en el ambiente que llegaba la Navidad. Siempre era igual: abundaban las sonrisas, los gestos cómplices, las bravatas, las chiquilladas…, algunos tendrían la suerte de marchar unos días con su familia y volver con el saco de las ilusiones lleno, y eso se notaba.
Dio media vuelta y se sentó en una silla. Miró el reloj y el calendario que colgaba de la pared: las doce y miércoles. Cuánto le gustaban los miércoles. Hoy podría coger un nuevo libro en la biblioteca, de esos de aventuras que tan buenos ratos le hacían pasar y, después de comer, tenían taller con esa profesora nueva que tanto afecto les daba. Para él, los miércoles eran como los domingos, pero sin misa.
Y así una semana y otra. Hacía poco que estaba allí: ni una llamada, ninguna visita, nada. Melancólico, cabizbajo, fijó su mirada en el suelo. La vida no había ido muy bien: demasiados sueños rotos, demasiados errores. Se levantó, se abotonó la camisa, cogió el libro que tenía que devolver y dirigió sus pasos hacia la biblioteca. Aceleró su caminar: a las dos tocaba recuento y debía de estar solícito en su celda.

Tomado del blog Caleidoscopio
Sobre el autor: Xavier Blanco

Sistemas – Claudia Sánchez


Las últimas crónicas de la era anterior o “de la ilusión”, dan cuenta de un sistema que podía comunicar a todos los seres humanos a la vez. Tuvo muchísimos adeptos aunque no pocos detractores. Los fatalistas advertían que tal sistema atrofiaría las facultades cognitivas ya que reemplazaba gran parte de las funciones cerebrales de la época. Esto produjo la gran segmentación de la raza: quienes no tenían acceso a él, se dedicaban a los oficios y a las tareas rudimentarias. Quienes tenían acceso pero no sabían utilizarlo, perecieron víctimas de autismo sistémico. Y quienes tenían acceso y le sacaron provecho, se dedicaron a las artes -en todas sus manifestaciones- y a la recreación.
Solo los genios que lo crearon podían encargarse de la economía y los negocios que movían al mundo en ese período. Fue en aquella época cuando el planeta alcanzó el equilibrio biotecnológico.
Hasta que una de esas mentes geniales, hacia mediados del milenio, creó una nueva versión, dotándolo de sensibilidad humana y autonomía, dando origen a la era actual. Según el calendario gregoriano de la época, hubo poco menos de 30 años de convivencia con el hombre hasta que, terminando el milenio, éste finalmente desapareció.

Para repetir el tema, activar control Ro y desconectar altavoces internos. Aquellas unidades que tengan dudas, solicitar asistencia con control Alfa. La unidades que deseen ampliación de conceptos, activar Sigma. Gracias por su asistencia. Los espero la próxima clase.

Sobre la autora: Claudia Sánchez

Sequías – Mónica Ortelli


Durante años y años sobre la mesada del laboratorio escolar hubo sólo dos frascos traídos por alumnos: uno con un feto de ternero, otro con una araña rara. Desde hace dos semanas hay cinco frascos nuevos: todos con arañas grandes y peludas. Pollitos es su nombre vulgar, pero no porque sean blandas ni tibias: debajo de esos pelos hay una coraza rígida, dura, fría. Dicen que están invadiendo la ciudad; se las ve caminar a lo largo de autopistas, rutas y caminos vecinales, con diferente suerte. Muchas viajan entre los ejes de los autos y camiones o en sus cajas; otras se escurren subrepticiamente desde el equipaje de los migrantes que llegan en colectivos. Es que hombres y arácnidos corren la misma suerte: los campos son arenales, ahora.
Comentan, también, que algunas se encuentran instaladas ya en jardines y patios urbanos. Por eso, no creo que los alumnos traigan muchos más frascos con arañas. La gente se acostumbra a todo.

Tomado del blog Ni vara ni cuchillo
Sobre la autora: Mónica Ortelli

Ese goteo a medianoche – Jorge Valentín Miño


El alienígena dio lectura al telegrama:
“Listo, Ente. Ha sido entregada toda el agua; puede ya ocupar el mar. Saludos”. Fin de mensaje.
El alienígena saltó de felicidad, ahora podía estrenar un velero, ensamblado con antelación, para surcar el nuevo y primer océano de su planeta.
Un gran cañón, antes desolado, ahora rebosaba de agua que, por efecto de la rotación y succión de las lunas, levantaba incluso olas.
El Ente se dejó lamer los pies por el agua marina, la degustó con sus bivalvos y se percató, sin asombro, de que guardaba un toque herrumbroso. Luego verificó que ciertas cosas floten sobre ella; desató los amarres de su barca y la guió hacia el océano. El rojizo viento inflaba las velas hacia altamar y se maravilló de que, aunque se esforzaba, nunca llegaba a ese lugar más azul del horizonte.
Parte del trato estaba cumplido, le habían entregado toda el agua, él estaba conforme y era momento de contestar el telegrama:
“Gracias, el agua funciona bien, doy curso a la parte recíproca del acuerdo”.
En la Tierra, la respuesta aumentó la felicidad de los científicos. El extraterrestre tenía su agua, ahora les transferiría tecnología. Esperaban con impaciencia las primeras revelaciones. Pensaban que fue un magnífico negocio entregarle, desde las llaves mal ajustadas, o con problemas en los empaques, esa constate e insoportable gota de agua que se pierde, usualmente en las noches y que no deja dormir. El extraterrestre, en su primera visita a la Tierra, propuso la idea de llevarse esas gotas que incomodan el sueño. Claro que pasaron siglos hasta que la cantidad se volvió razonable y pudo formar un mar; ¡pero!, el gran día había llegado.
Apareció una réplica con un nuevo telegrama, asegurando la transferencia tecnológica:
“CF2CF2CF2CF2CF2CF2CF2...” fin de mensaje.
Los químicos del centro de mando la descifraron con un aireado grito:
—Ya conocíamos ¡Es la fórmula del teflón! Solo falta que nos enseñe a fabricar polietileno: ¡CH2CH2...! Llamen a ese marciano zoquete y díganle que nos mande algo más original. ¡Dios santo!, con tanta agua que le dimos, ¡nos hubiese alcanzado para lavar la ropa de la ciudad de Nueva York por seis millones de años! Yo presentí algo semejante cuando nos propuso que le enviemos los mensajes vía telegrama, todos dijeron que quizá el marciano era excéntrico, romántico, chapado a la antigua. Dije que algo se tramaba...
Le enviaron la reprimenda:
“Favor, amigo alienígena, enviar algo de más valía. Ya conocemos la fórmula del tetrafloruro de carbono”.
—Vaya. Que adelantados están los terrícolas, no me imaginaba que ya conocerían la manera de enchapar los sartenes para que no se peguen los huevos. En fin, pensó el Ente y tras cavilar la solución, contestó de inmediato:
“Ok, lo siento. Estoy cerrando negocios con otros seres que me proporcionarán cierta fauna para liberar en el mar, pronto me comunico, hasta tanto prueben con: Si-O-Si-O-Si-O-Si-O...” Fin de mensaje.
—Marciano gran flauta, por último nos ha enviado la fórmula del vidrio. ¡Ya! ¡Que no nos joda, carajo! Ordenen que nadie, absolutamente nadie deje, las llaves de los grifos abiertos ¡Ni una gota más al farsante!

Sobre el autor:  Jorge Valentín Miño